Cuando no tememos a la soledad

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Cuando no tememos a la soledad

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Por Daniela Di Segni, autora del libro Vivir sola se puede (Ed. Del nuevo extremo)

Nadie se animaría a discutir que la vida de las mujeres, en los últimos sesenta años, ha dado un giro de 180 grados. Pocos serán seguramente quienes puedan evaluar en detalle cuánto han cambiado las costumbres. De hecho, cada cultura lo ha vivido y absorbido de diferente manera y en distinta medida. Mujeres que no podían salir de sus casas, que a pesar de dos guerras y una revolución sexual, seguían destinadas solamente a casarse y tener hijos descubrieron que podían salir de casa. Adquirieron así derechos y obligaciones que las llevaron a realizarse en sus carreras y hasta a superar con frecuencia a los hombres. El camino no fue fácil ni para quienes decidían estudiar, ni para las que trabajaban por mera necesidad o para quienes decidían hacerlo por propia vocación o interés. Se duplicaron las tareas y las exigencias, pero finalmente las muchachas recorrieron ese largo camino que las llevó a un Siglo XX en el cual descubrieron la posibilidad de elegir.

Quien elige, renuncia, dice el refrán. Y cuando se opta no queda más remedio que vivir con las opciones elegidas. Darle prioridad a la carrera para casarse –o no– y parir –o no– mucho más tarde de lo que lo hicieron las madres y las abuelas, trabajar, investigar, dirigir empresas, competir. Lejos, muy lejos de las abuelas que comenzaron a fumar a escondidas y fueron consideradas especímenes raros o heroínas si conducían un automóvil.

Todo cambió. Y sin embargo, durante mucho tiempo, por no decir hasta nuestros días, la posibilidad de vivir solas se siguió considerando una rareza inexplicable, hasta mal vista, a menos que fuera una absoluta necesidad decidida por un destino de viudez, abandono o soltería sin futuro.

La sociedad machista latina no ayudó; las sajonas han sabido tenerlo un poco más fácil. Hubo algunos pasos intermedios, como las pensiones para quienes estudiaban lejos de la ciudad natal y, más tarde, la alternativa de alquilar un piso compartido. Pero, ¿qué pasaba mientras tanto con tantas mujeres infelices, sometidas, frustradas, que simplemente no se animaban a considerar la posibilidad de dejar a un hombre porque no tenían dónde ir o cómo sobrevivir después de haber invertido los mejores años de sus vidas en una pareja que no funcionó? La dependencia económica de muchas mujeres, ricas y pobres por igual, hizo que fuera muy difícil tomar la determinación de vivir solas. Lo es hasta hoy para tantas mujeres víctimas de una violencia de género creciente.

Desde fines del siglo pasado, el panorama ha cambiado bastante. Cada vez son más las mujeres que deciden, en vista de que la vida se ha prolongado, no seguir viviendo veinte o treinta años más con alguien a quien no aman o respetan más. Es una cuestión de coraje que, una vez superadas las sacudidas iniciales, abre la puerta a un panorama de libertad, tranquilidad, realización personal. La soledad entonces no es más un castigo, una amenaza como lo fue durante siglos. Es el mejor estado posible cuando es elegida.

La confusión surgede aplicar la teoría de la media naranja. Una es una por sí misma, aunque cueste entenderlo, sin necesidad de otra parte que la complete; aún en nuestras sociedades armadas y planeadas para circular en pareja sin tener en cuenta lo buena o mala que esta sea. Es cierto que somos gregarios, lo que implica que hay que tener pareja para prolongar la especie. O lo implicaba cuando no existían las posibilidades de hoy. De allí que se confundatan a menudo no tener pareja con estar sola, un disparate que surtió efecto durante mucho tiempo. Una tiene o no tiene pareja, y no por eso está sola o le falta algo. Tiene a su familia, a sus amigas (esa red maravillosa y siempre lista), su trabajo, su gato, sus libros, sus actividades creativas, su música, sus viajes, todo. Con el beneficio adicional de poder decidir sobre su propia y única vida cada minuto de todos los días. No por nada se dice que  “florecen” las viudas, aunque hayan tenido la suerte de un buen matrimonio. Florecen porque logran volver a pensar en sí mismas después de una vida centrada en los demás.

A vivir sola se puede llegar bien, por propia determinación, o mal por un abandono o una viudez. Son caminos diferentes, pero llevan al mismo lugar cuando se valora el poder pensar en una misma para cumplir con las asignaturas pendientes. Algo que, por cierto, nuestras sociedades de tradición judeo-cristiana llenas de culpas y castigos no nos han enseñado.

Durante el proceso para iniciarse en la vida en soledad –que no significa, vale aclararlo, renunciar a tener una pareja–, es inevitable sufrir altibajos emocionales. Todos son fáciles de superar con algo de iniciativa, apoyo familiar y  buena voluntad. O hasta terapia de ser necesario. Para no quedar encerrada en una misma, verlo todo negro y descubrir qué se puede hacer por los demás; abrirse para ayudar a quien está peor que una. Se trata, en resumen, de encontrar el propio paraíso, de vivir para adelante, de dejar atrás el pasado y avanzar sonriendo, con buen humor hacia lo que la vida depare.